Para restaurar la densidad capilar perdida, la única solución que existe actualmente, definitiva y científicamente probada es el trasplante capilar.

Los primeros trasplantes capilares se realizaron en Japón en los años 30.  El Dr. Okuda, dermatólogo, realizó los primeros implantes de pelo sobre pacientes quemados. Aquellas técnicas consistían en extraer una porción de piel con pelo y reconstruir con ella la región quemada. Otro japonés, el Dr. Tamura, mejoró esta técnica y consiguió implantar injertos mucho más pequeños.

Décadas más tarde, en 1952, en Nueva York, el Dr. Orentrich realizó el primer trasplante capilar mediante la técnica de “Punch Graft”  a un paciente con alopecia androgenética. Sin embargo, los resultados que obtenía con su técnica quirúrgica todavía no alcanzaban los mínimos de naturalidad y estética para ser aceptada socialmente. Hacía crecer el pelo allí donde lo injertaba, sí, pero de manera muy tosca y los injertos recordaban a las pequeñas mechas de pelo que forman la melena de las muñecas, surgiendo así esta denominación para aludir a los tan temidos y antiestéticos resultados.

En los años 90, las nuevas técnicas de implantación capilar revolucionaron el mundo del trasplante. La técnica FUT (Strip) con la que se consiguió por primera vez injertar una sola unidad folicular y la técnica FUE (Follicular Unit Extraction), con la que se logró extraer los folículos uno a uno, han convertido al trasplante  capilar en la mejor opción para recuperar nuestro cabello. La naturalidad alcanzada hoy en día con estas técnicas quirúrgicas, se debe en buena parte al gran trabajo y esmero por parte del equipo quirúrgico. Las personas que forman el equipo de trasplante capilar deben contar con  gran habilidad, especial dedicación y dilatada experiencia en el campo de la restauración capilar.