La alopecia androgenética o calvicie común no sólo afecta a la población masculina.

Su incidencia en mujeres es de un 20% para edades comprendidas entre los 20 y los 30 años y de un 40% pasados los 50 años. A partir de la menopausia, y con la pérdida de protección proporcionada por los estrógenos, el número de casos aumenta significativamente.

Además, en el caso de las mujeres, las connotaciones psicológicas son mayores, debido al cambio que supone para la imagen personal y a la escasa aceptación social, a diferencia de lo que ocurre con los hombres.

La alopecia androgenética femenina va a seguir un patrón distinto de la masculina. En la clasificación de Ludwin, podemos ver el avance que sigue la alopecia androgenética femenina.

Progresivamente, los cabellos van a ir haciéndose más finos, perdiendo densidad de manera difusa y generalizada en toda la zona superior de la cabeza. Esta pérdida de densidad se va a haciendo cada vez más notable, permitiendo visualizar el cuero cabelludo.

Muchas mujeres acuden a la consulta alarmadas ante la caída del cabello, aunque no siempre éste es un signo inequívoco de alopecia androgenética.

El signo más característico es, más bien, una pérdida en el grosor del cabello y en la densidad. Es decir, en la alopecia androgenética femenina la caída acusada de cabello no siempre es un síntoma que esté presente.

El cabello puede caer de forma moderada y ser solamente una caída fisiológica, que forme parte del ciclo vital del folículo.

De la misma manera, puede producirse una caída más leve, que no llegue a ponernos en alerta, y que, sin embargo esos cabellos no vuelvan a recuperarse, produciéndose así una pérdida de densidad lenta, progresiva, que no se anunciará de manera evidente, y que pasado un tiempo su resultado nos sorprenderá ante el espejo.